La historia del alumbrado público: del fuego a las bombillas led.

El alumbrado público es una presencia que damos por sentada hasta en los rincones más remotos de las calles de nuestro país. Existen leyes e impuestos que regulan su presencia mínima, pues se considera que la presencia de luz en las calles en horario nocturno aumenta la seguridad y facilita el uso de las vías. Sin embargo, nunca fue igual. El alumbrado urbano, que damos por sentado, tuvo una implantación relativamente reciente, y ha sufrido muchos cambios a lo largo de su historia: echémosle un vistazo.

En aquellas zonas urbanas públicas, según la normativa española, tiene que existir una iluminación suficiente, de acuerdo a una serie de parámetros, para garantizar la visibilidad y cierta seguridad. En algunos tramos de carretera también se emplea alumbrado en forma de farolas para aumentar la seguridad vial. El enorme despliegue energético que supone este fin supone un importante gasto en electricidad. Existen leyes comunitarias y estatales que apuestan por la renovación energética y por la sostenibilidad, para reducir la huella de carbono del alumbrado público. Actualmente, las luminarias que se han de emplear por ley son bombillas led, el tipo de lámpara más eficiente que actualmente conocemos, y aquel por el que la UE apuesta de cara a la sostenibilidad, pero durante mucho tiempo ni siquiera se empleó electricidad.

Fuego y aceite

Lámpara de aceite hecha de terracota, Roma

Evidentemente, la primera forma de iluminarse fue el fuego, en forma de antorchas, y, más tarde, de velas de aceite o de cera. Ese fue el modo en que ciertos lugares clave eran iluminados en la Antigua Roma, en Egipto, China, o Asiria. De hecho, se cree que pequeñas lámparas de terracota, encontradas en Mesopotamia, Persia y Egipto, sirvieron a este propósito en calles y plazas importantes. Sin embargo, este modo de iluminar es caro, engorroso, e ineficiente. La luz de velas o de antorchas no ilumina demasiado, se consume rápidamente, causa riesgo de incendios, y produce residuos consistentes.

Una posible solución para economizar gastos y facilitar el mantenimiento era ordenar a los particulares colocar luminarias en la parte exterior de sus viviendas. Fue el caso de Francia, durante el siglo XVI, donde se promulgó la obligación a todos los habitantes poseedores de una vivienda de colocar luces sobre el dintel de sus puertas. Aquellos que no lo hicieran serían sancionados. De este modo, se garantizaba una iluminación bastante decente, aunque la falta de estandarización conllevaba riesgos.

Gas natural

En 1558 comenzaron a colocarse en algunas encrucijadas faroles, y en 1662 se empezó a organizar en Francia cuerpos de faroleros, encargados de encender, apagar, y mantener lámparas urbanas. La primera vez que fue empleado el gas natural para iluminación en las calles fue en 1807, en una importante calle de Londres. Estas farolas estaban suministradas por gas mediante tuberías, aunque su encendido tenía que efectuarse de forma manual. Hasta muchos años después no fueron creados ingenios para prender la llama al tiempo que se abría el paso de gas.

Caricatura de las lámparas de gas del Pall Mall, Londres

El gas natural se fue extendiendo en todo el mundo como combustible para iluminar las calles durante los siguientes años. En 1816 llegó a Baltimore, cruzando el charco, donde tuvo una gran acogida en Estados Unidos. Sin embargo, este tipo de tecnología planteaba problemas. Sumado al hecho de que la mayoría de faroles demandaban ser encendidos manualmente, uno a uno, cada día, y que requerían un mantenimiento importante, estaba la cuestión de que el gas natural es inflamable, y que existía cierto riesgo de explosión, sobre todo en los primeros años, cuando las conducciones de gas aún no eran completamente estancas. Este fue un miedo generalizado durante todo el siglo XIX, aunque, realmente, los riesgos reales eran muy inferiores a la alarma generada.

Arcos voltaicos

La electricidad empezó a popularizarse en la segunda mitad del siglo XIX, y se empezó a especular con su posible uso para iluminar las calles. Aunque la bombilla incandescente aún no había sido inventada, en 1875 fue creada la primera vela por arco eléctrico, que emplea dos electrodos para hacer circular una corriente eléctrica entre estos. Aunque este proceso es extremadamente ineficiente, y genera mucho calor (mocho más que una bombilla convencional), se genera una pequeña cantidad de luz que puede usarse para iluminar. Estos ingenios se emplearon para iluminar grandes almacenes, y algunos puentes, pero no sería hasta 1884 cuando una ciudad estuviera totalmente iluminada mediante lámparas de arco: la urbe de Timisoara, en Rumanía.

Bombilla de arco voltaico

Lámpara incandescente

A finales del siglo XIX se inventó la lámpara incandescente, con lo que las luces de arco quedaron sentenciadas para usos de nicho. Esta sería la gran sucesora de la lámpara de gas, y rápidamente reemplazó las luminarias previas por su bajo mantenimiento, eficiencia, y luminosidad. Aunque se emplearon otros tipos de luminarias, nunca gozaron de la implantación que el ingenio incandescente tuvo. Lámparas fluorescentes, como las que hoy empleamos en zonas industriales, fueron usadas en algunas zonas a principios del siglo XX. También lámparas de vapor de mercurio (mediados del siglo XX), o de vapor de sodio (años 70’), trataron de reemplazar a la bombilla tradicional.

Estas últimas, las bombillas de vapor de sodio, se fueron estandarizando e las últimas décadas como opción principal para el alumbrado urbano, aunque hoy en día son las luminarias led las que se emplean cuando se ha de renovar alguna lámpara por su alta eficiencia y bajo consumo. También hay casos en que se emplean placas solares, directamente colocadas sobre las farolas, para alimentarlas. Lo habitual es que se respeten los viejos faroles, renovando sus tripas para adaptarlos a las nuevas lámparas, aunque, en muchos casos, conviven viejos faroles con otros más nuevos.

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